Hay decisiones que no se resuelven pensando más. Y tampoco acumulando más información.
Llega un momento en el que puedes haber leído artículos, escuchado opiniones, hablado con personas de confianza, buscado experiencias parecidas y dado vueltas a la misma cuestión una y otra vez.
Y, sin embargo, sigues en el mismo sitio. No porque te falte capacidad para decidir sino porque estás intentando tomar una decisión importante desde el mismo lugar desde el que llevas tiempo mirándola.
¿Y si lo que necesitas no es otra respuesta?
Cuando una decisión afecta de verdad a nuestra vida, solemos buscar respuestas.
¿Qué debería hacer?
¿Será la decisión correcta?
¿Y si me equivoco?
¿Qué harías tú?
Son preguntas comprensibles. Pero tienen algo en común: buscan que alguien o algo nos ayude a encontrar la respuesta. Y quizá algunas decisiones no funcionan así.
Antes de decidir necesitamos ampliar el lugar desde el que estamos mirando.
Cambiar de entorno. Un entorno en el que podamos hablar sin tener que defender una postura. Sin que nadie tenga que convencernos de nada y sin que exista una respuesta que debamos aceptar.
Un espacio donde podamos ordenar lo que estamos viviendo, contrastar perspectivas, formular preguntas que todavía no nos habíamos hecho y distinguir entre lo que sabemos, lo que suponemos y lo que todavía necesitamos conocer.
Un entorno neutro, confiable y confidencial. No para que otra persona decida por nosotros sino para poder decidir nosotros con más elementos.
Hay información que solo aparece cuando cambias de perspectiva.
Existe una información que podemos encontrar en libros, artículos, profesionales, estadísticas o buscadores.
Y existe otra que aparece cuando hablamos con alguien que ya ha pasado por una situación igual o parecida.
No es porque esa persona tenga la respuesta ni porque su experiencia pueda convertirse automáticamente en una recomendación para nosotros.
Su situación nunca será exactamente la nuestra pero puede conocer algo que nosotros todavía no podemos conocer por experiencia propia.
Los pequeños detalles. Los cambios que aparecen después. Las dificultades que no habíamos imaginado. Las cosas que resultaron más sencillas de lo esperado. Las decisiones que tuvieron consecuencias que nadie había mencionado. Los aspectos prácticos que no aparecen cuando solo miramos una cuestión desde una perspectiva.
En definitiva: los entresijos de haber pasado por allí. Y esa información puede ser muy valiosa para ampliar la nuestra…
La experiencia de otros también puede ser una fuente de información.
Estamos acostumbrados a separar mucho las cosas.
Por un lado está el conocimiento profesional. Por otro, la experiencia personal.
Uno parece tener más autoridad que el otro. Pero no siempre responden a la misma pregunta.
Un profesional puede aportar conocimientos, herramientas y una perspectiva especializada.
Una persona que ha vivido una determinada situación puede aportar otra cosa: cómo se siente, cómo se desarrolla y qué ocurre en la vida real cuando aquello que estás considerando deja de ser una posibilidad y se convierte en una realidad.
Son conocimientos diferentes. Y pueden complementarse.
La experiencia vivida no sustituye al conocimiento profesional cuando este es necesario.
Pero puede aportar preguntas, perspectivas y detalles que ayuden a comprender mejor aquello que estamos valorando.
Decidir mejor no significa decidir sin miedo.
A veces pensamos que para tomar una decisión importante primero tenemos que estar completamente seguros. Quizá esa seguridad nunca llegue.
Hay decisiones en las que siempre existirá una parte de incertidumbre.
Por eso, decidir mejor no significa conseguir una garantía de que todo saldrá bien.
Significa poder llegar a ese momento con una mirada más amplia.
Conocer mejor las opciones. Entender mejor las posibles consecuencias. Escuchar otras experiencias. Detectar aquello que no habíamos contemplado.
Y, sobre todo, poder distinguir entre lo que queremos, lo que tememos y lo que estamos dispuestos a permitirnos.
Porque son cosas diferentes…
No necesitas que alguien te diga qué hacer.
Necesitas un lugar donde puedas decir:
“Esto es lo que estoy viviendo.”
“Esto es lo que estoy considerando.”
“Esto es lo que me preocupa.”
“Esto es lo que deseo.”
“Esto es lo que todavía no sé.”
Y a partir de ahí, poder mirar, preguntar, contrastar, escuchar, conocer otras perspectivas…
Incluso escuchar a alguien que ya haya recorrido una parte de ese camino. Sin convertir su experiencia en una receta. Sin convertir la conversación en una sesión para convencerte. Sin tener que tomar una decisión en ese mismo momento.
Hay una diferencia importante entre que alguien te diga qué hacer y ayudarte a ver mejor aquello sobre lo que tienes que decidir.
La primera opción te da una respuesta. La segunda puede devolverte algo mucho más importante: tu capacidad para decidir.
¿Quieres hablar con alguien que ha tenido la experiencia en el desafío que tienes por delante?
No para decidir por ti, sino para escucharte y contestar a tus dudas para que puedas ver con más claridad y ordenar tu mente para decidir mejor.
